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domingo, 22 de marzo de 2015

Maldita seas


Malditas sean las noches solitarias,
en las que ni las estrellas salen,
permaneciendo escondidas del frío
de que ya no estés;
y la luna, tirita en lo alto,
amenazando con rendirse
y abandonar a su suerte
a los devotos de la noche.

Malditas sean las noches
en las que desde una ventana
me consumo como y con el tiempo que pasa,
jugando a expulsar el humo
de aquella forma tan particular
que un día tú me enseñaste,
y que ahora es lo único que me resta de ti,
mientras te imagino en otra ventana,
más quisiera saber dónde,
haciendo exactamente lo mismo,
y preguntándote arrepentida
por qué habrías compartido conmigo
el que decías era tu ritual más íntimo,
aunque nunca fueras capaz de explicar 
por qué lo sentías así.

Malditas sean las noches
en las que felicidad y esperanza
se disfrazan de mujer
y en forma de besos y caricias,
y palabras de amor al oído,
y mordisquitos en la oreja,
te llevan al cielo
sólo por darse el capricho
de verte caer después
y arrojarte contra el suelo.

Maldita
seas
tú.

De mi libro 19 Otoños y 500 Inviernos

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