Para mí continua siendo un misterio la fijación que tenemos todos por las puestas de sol. Siempre las puestas de sol y nunca los amaneceres. Como si nos gustase no tener que seguir vivos. Como si esa dualidad bien-mal propia de los hombres se resolviese de forma definitiva en un pesimismo atroz, en un masoquismo tal que nos lleva a amar los finales y despreciar los principios. Como si no apreciásemos la maravillosa bondad de un nacimiento y decidiésemos besar a la muerte como si la amásemos. Es un poco triste.
Nota al pie: si no te has dado cuenta, a pesar de todo, esta foto sigue siendo una puesta de sol.
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