Cuando acecha el monstruo del pasado
amenazando con devorarnos
y cubrirlo todo de oscuridad
siempre nos planteamos
la misma solución:
poner tierra de por medio.
Sin embargo, parecemos olvidar
que avanzar no implica alejarse,
y que alejarse
no siempre significa avanzar.
El problema llega cuando
nos damos cuenta de que
la huida es inútil precisamente
porque, en el fondo,
es lo último que deseamos,
y medio a propósito,
medio sin querer evitarlo,
acabamos volviendo al punto de partida
pero con mil heridas nuevas,
acumuladas en ese viaje
que solo ha servido para hundirnos más.
Tal vez ahora que termina el año
podamos de una vez dejarlo todo atrás,
y avanzar sin mirar hacia el pasado,
aunque eso suponga
renunciar a parte de lo que somos.
Así que coge papel y boli
y escribe tus propósitos de año nuevo,
y después de las uvas,
quémalos y deja que los lleve el viento,
que así no pasará nada
cuando los vuelvas a incumplir,
y si te olvidas de ellos,
invéntate otros nuevos.
No vuelvas nunca la mirada.
Los ojos jamás pueden ver hacia atrás,
por algo será.
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