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lunes, 15 de septiembre de 2014

Se nos fue el santo al infierno:
los fantasmas de nuestras discusiones vinieron
a desahuciarnos del hogar en el que ya no vivíamos felices,
y las perdices volaron del plato
espantadas por nuestros gritos.

A aquel que veías como tu héroe cazador
lo fue devorando su lobo interno,
y tú resultaste no ser la hada madrina,
sino la madrastra,
la bruja que con una manzana envenenó mi vida.

Yo pasé por el hueco de debajo de la puerta
el único trozo puro que me quedaba de corazón,
y como el flautista, me hechizaste,
me embaucaste con tus enormes ojos,
que al final sirvieron para matarme mejor.

Quizá fue que nuestro cuento de Disney
lo escribió el tercero de los hermanos Grimm,
ese que creció demasiado rápido
al ver su corazón roto
y que ya no creía en las hadas, ni en la magia del amor.

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