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lunes, 22 de septiembre de 2014
Era un viernes de septiembre y llovía. Y entonces te vi caminando, como si nada, bajo la lluvia. Qué gilipollez es esa que dicen algunos de bailar. Pero te vi y ya no pude apartar la vista de ti. Cada vez llovía más y tú ahí seguías, caminando, despacito pero sin tropezar ni detenerte, qué más daría que no tuvieses ni capucha ni paraguas. A lo mejor tú no te dabas cuenta, pero creo que en esos instantes eras la perfecta metáfora de tu forma de vivir. Quiero decir, ahora que te conozco sé que vas exactamente igual por la vida: sin excusas ni escudos que te protejan de la mierda de ahí afuera. Era magnífico ver como las gotas resbalaban por tu frente y tu mejilla hasta caer al suelo y no ser ya más una molestia, y tú sin inmutarte. Como si cada gota que golpease no fuese capaz de quitarte las ganas, sino que sólo servía para darte más fuerza y que caminases con más decisión hacia una meta invisible. Y yo, tonto como siempre, pero inoportuno como nunca, te ofrecí cobijo bajo mi paraguas. Y un café. Y varios meses también. Pero terminaste por marcharte por la misma razón por la que nunca deberías haber estado bajo un paraguas. Porque no es tu estilo ser cobarde. Hoy es un viernes de septiembre y llueve. Y soy yo el que no tiene paraguas. Pero me da miedo salir afuera sin ti.
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