He dejado pasar tantos trenes que no sería justo decir que los he perdido sólo por así sentirme menos culpable de este desastre. ¿Sabes eso de que sí, pero después no, y acabas tomando una decisión antes de tiempo por miedo a que ya haya pasado tu oportunidad? Pues nunca compensa. Es como rendirse estando a un metro de la meta porque no tienes ni puta idea de dónde está. Porque lo mejor es siempre lo que queda por venir, pero sólo si así lo quieres. Y no sé qué cojones tienen los otoños que sen encargan siempre de tirar todo abajo. He visto la esperanzas de demasiados hombres buenos marchitarse y caer muertas como las hojas secas que invaden el suelo en octubre. Y los árboles se quedan desnudos, muriéndose de frío, como tantas mujeres echan de menos los abrazos de algún pájaro hijo de puta que les quitó el cobijo de su ala y se largó buscando el calor en otros labios, como si ellas tuviesen la culpa del frío interior que los devoraba en forma de remordimientos por esa forma de tratar a las mujeres como si fuesen tiritas de un día y mañana ya me lamerá otra las heridas y otras cosas. Ojalá Sabina tuviese razón y los otoños fuesen tan sólo lo que tarda en llegar el invierno y no asesinasen todo lo que encuentran a su paso. Creo que los árboles nos abrazarían con sus ramas desprotegidas y así no pasaríamos tanto frío, o al menos lo disfrutaríamos un poquito. Y jugando con las hojas marrones que crujen bajo nuestros pies, seríamos capaces de sonreir un poquito.
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