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martes, 23 de septiembre de 2014

He dejado pasar tantos trenes que no sería justo decir que los he perdido sólo por así sentirme menos culpable de este desastre. ¿Sabes eso de que sí, pero después no, y acabas tomando una decisión antes de tiempo por miedo a que ya haya pasado tu oportunidad? Pues nunca compensa. Es como rendirse estando a un metro de la meta porque no tienes ni puta idea de dónde está. Porque lo mejor es siempre lo que queda por venir, pero sólo si así lo quieres. Y no sé qué cojones tienen los otoños que sen encargan siempre de tirar todo abajo. He visto la esperanzas de demasiados hombres buenos marchitarse y caer muertas como las hojas secas que invaden el suelo en octubre. Y los  árboles se quedan desnudos, muriéndose de frío, como tantas mujeres echan de menos los abrazos de algún pájaro hijo de puta que les quitó el cobijo de su ala y se largó buscando el calor en otros labios, como si ellas tuviesen la culpa del frío interior que los devoraba en forma de remordimientos por esa forma de tratar a las mujeres como si fuesen tiritas de un día y mañana ya me lamerá otra las heridas y otras cosas. Ojalá Sabina tuviese razón y los otoños fuesen tan sólo lo que tarda en llegar el invierno y no asesinasen todo lo que encuentran a su paso. Creo que los árboles nos abrazarían con sus ramas desprotegidas y así no pasaríamos tanto frío, o al menos lo disfrutaríamos un poquito. Y jugando con las hojas marrones que crujen bajo nuestros pies, seríamos capaces de sonreir un poquito.

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