Al final, uno termina dándose cuenta
de que el amor no es otra cosa
que una cárcel, pero no una cárcel más;
tiene una peculiaridad:
quizás el amor sea la única cárcel
en la que uno se pasa la vida
intentando entrar,
y de la que nadie quiere salir
(aunque a veces uno se escape
y busque la forma de arreglarlo para volver).
Porque entre sus rejas
la vida se vuelve más amable,
todo es más bonito,
y se olvida que exista algo fuera.
Y qué puta mierda es el mundo
cuando te echan a patadas de tu celda.
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