Somos hijos de una sociedad de mierda, de una sociedad podrida; somos hijos de una sociedad enferma. Vivimos sin saberlo en constante peligro de contagiarnos de una de las peores enfermades que existen. Pero se trata de una epidemia de la que sólo nos podemos contagiar los humanos; de una enfermedad extraña, pues afecta al espíritu y no al cuerpo. Y una enfermedad asquerosa. Nos hemos vuelto seres mezquinos, obsesionados con el éxito y el poder. El culto al cuerpo nos destroza. El culto al dinero nos envilece. Nos estamos animalizando, involucionando, volviendo a lo que una vez nos alegramos de dejar atrás. La vida se ha convertido en una carrera, en una competición voraz por ser los mejores, los más ricos una competición por ser los más. E intentando ser más tan solo hemos conseguido ser menos. Hemos perdido el norte intentando dibujar el nuestro propio. Hemos difuminado las fronteras de lo correcto, desdibujado los límites de lo que está bien y lo que está mal. Subir se ha convertido en lo más importante. Subir, subir y subir. Subir sin importar a quien pisamos, a quien tiramos, a quien echamos del camino para hacernos un hueco. Sólo nos vemos a nosotros mismos, sólo pensamos en nosotros mismos, sólo luchamos por nosotros mismos. Y la única cura para esto es el amor. Pero qué difícil es amar en los tiempos del ego-la.
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