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miércoles, 16 de abril de 2014

Y morir ya no importa

Hoy te he echado especialmente de menos. Viendo la puesta de sol en la playa me he tenido que controlar, no estirando el abrazo por encima de tus hombros, para no quedar en ridículo abrazando todo ese vacío que había a mi lado. Y mirando al horizonte, he descubierto que me da pena el sol. Sí, pena. El pobre vive tan ocupado brillando en el cielo, arriba de todo, por iluminarnos la oscuridad a algunos, que no tiene tiempo de pararse a pensar y darse cuenta de lo solo que está. Pero mejor así. No vaya a entrarle una depresión y quiera dejar de ser ejemplo para muchos de que después de morir siempre se puede volver a nacer y llegar a la cima. Y, además, como ya hice yo contigo, creo que sería un palo demasiado grande darse cuenta de que su amada Luna sólo brilla cuando él no está. Es jodido eso de tener que admitir que para que aquello que amas pueda brillar tú tienes que alejarte cada vez más. Y te vas apagando, pero su brillo llega para sentirte compensado. Y morir ya no importa porque estás dando la vida a otro.

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