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domingo, 30 de marzo de 2014

Sabes que va a llegar tarde, y esperas igual.

Amor al revés se lee Roma, y eso no puede ser casualidad. Así era que se encontraba tan en ruinas, como un gladiador que no fue capaz de ganar un solo combate en el Coliseo de su corazón.  Él decía que era porque vivía siempre con prisa para no llegar tarde, y lo único que conseguía era llegar tan pronto que acababa marchándose siempre antes de tiempo. Y no era más que una excusa para no admitir que era un cobarde y no sabía amar. Porque amar es eso, sentarse a esperar bajo una lluvia que que pueden ser miles de gotas o de problemas a alguien que sabes que va a llegar muy tarde, pero te da igual. Amar es subirse a trenes desconocidos, que no vienen en el programa de tu vida, y que no sabes adónde llevan, pero que te da exactamente igual cuál sea el destino si el viaje es en él. Que si dicen que el amor es ciego es porque, al menos uno de los dos, decide cerrar los ojos y disfrutar del viento en contra en la cara sin poder ver cuándo se va a dar la hostia. Y así estamos.                
                                                                   

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